Querido tu:
Bueno, querido no, o por lo menos, ya no. Puede llegar a sonar raro. Te amé, lo hice con todo mi corazón, pero es más que molesto buscar alguna razón para quedarme.
Es más que denigrante el fingir no escuchar las voces ajenas. Todas aquellas que aseguraban lo que yo con tanto esmero me dediqué a negar.
Confiesa, ¿yo también estoy en tu lista? ¿Para qué lo pregunto? Ya sé la respuesta. Pero, ¿qué número soy? Porque todas para ti son un número, probablemente a todas las lleves al mismo lugar, y les endulces el oído con las mismas palabras.
Y parecíamos perfectos. Y para mi, todo lo era. Para mi todo era volar. Hasta que caí en el duro y frío pavimento. Hasta que mis alas fueron cortadas. ¿Para qué me prometiste la luna si no la podías bajar? Y por más que no pudieras, ¿por qué la prometiste si ni siquiera pensabas bajarla?
Varias veces nuestra relación fue como deshojar una flor: ¿Me quiere? ¿No me quiere? ¿Y ahora? ¿Ahora si me quiere? ¿Volvió a cansarse de mi?
Te gustaba, siempre te gustó, ese juego, ese maldito y repetitivo juego de perderme y volverme a encontrar. De saber que yo siempre te iba a esperar. Siempre. Porque yo si te quería. Porque te di el poder y las fuerzas. Porque te di las herramientas y el permiso para romperme el corazón, y lo hiciste.