En realidad, me arrepiento de haber dado más, cuando en el saldo de las cuentas siempre reflejabas en negativo.
Me arrepiento de haber sido aprendiz de las cosas de las que no merecías ser maestro.
Me arrepiento de la compañía, no del viaje.
De haber suplicado todas las cosas que, en su lugar, me deberían haber sobrado.
Porque debí haber entendido antes que el convencimiento radica en las acciones, y que no hay palabra capaz de prometer todo aquello que mata la ausencia del hacer.